
-Hola, ya llegué.
-¿Quieres café?
-Con un chocolate por favor.
Se sentaron como todas las tardes a endulzar un café con una chocolatina de leche.
-¿Y cómo estuvo tu día?
-Perfecto. En la mañana salió el sol, el bus me dejó y llegué tarde a clase. Luego el profesor dijo que sacáramos una hoja porque había examen sorpresa. Sentí que me fue fatal, pero dibujé una Luna donde iba mi nombre.
Sonreí al profesor, me puse de pie y le dije a la clase: “mientras ustedes repasaban ayer las notas de clase, observé el crepúsculo… Lo que ustedes releyeron, yo lo puedo hacer ahora o mañana, pero lo que yo vi ayer, ustedes no lo podrán ver ahora o mañana”.
El profesor sonrió, observó por la ventana y dijo: -“Niña, ¿cuál es su nombre?”. –Luna, le dije. –“Luna, tiene un cero”, mientras lo dibujaba en el aire.
La mirada del profesor parecía perderse en los renglones del libro que leía, mientras los alumnos terminaban el examen. A veces miraba por la ventana.
Cuando me alejé del salón, miré al profesor, y en sus ojos pude comprender que él nunca había observado el crepúsculo.
El chico del café miró a la joven y le dijo: “¿Y qué es lo que hace que tu día haya sido perfecto?”
-Primero porque tengo la certeza que el profesor hoy mirará el crepúsculo y no habrá exámenes sorpresa de ahora en adelante.
Y segundo, y lo más importante, porque estoy aquí contigo y ya es hora del crepúsculo.
Por: Paula Andrea Gómez Saldarriaga