-¿Tenés miedo?
Me preguntó mientras entrelazábamos las manos.
El miedo era lo único que desconocía en ese momento. De pronto todo en mi cabeza se había despejado y era como si la lucidez se abriera paso dentro de mi, aunque no sabía lo ciega que había sido.
Estando allí, de pie sobre el borde del puente suicida, el cielo que se veía a través de sus ojos cobraba un tono rojizo; el sol huía de la luna y las primeras gotas de lluvia resbalaban sobre nuestras manos venosas.
Tres minutos más habían bastado para que la luna se hiciera soberana del cielo, y otros tres, para conocer el terror que sentía en la alturas.
Él temblaba de pánico a caer sobre los carros que transitaban a 80 kilómetros por hora, y yo por temor a que ese momento terminara.
Las mariposas que se mataban unas a otras dentro de mi estómago, no me daban un sólo segundo para tomar un respiro que me diera paso a terminar un suspiro incompleto.
Por: Paula Andrea Gómez Saldarriaga