lunes, 30 de noviembre de 2009

Un placer suizo, gracias a un primer hermano que nunca fue

Hace una semana recibí una dulce sorpresa de la que ahora sólo me queda un aroma lejano, en algún lugar de mi almohada. Su nombre comienza con ‘ch’ y termina con signo de exclamación.

La historia comenzó hace muchos años; pero retomémosla cuando mis padres se conocieron en la universidad, él de pelo revolcado y mirada profunda, y ella de pelo largo y decenas de besos del demonio* en su rostro. Es que era tan hermosa que hasta el diablo quiso besarla y le dejó tantas marcas que tuvo que transmitirme algunas -porque ya no le cabrían en su piel-, pero que con el paso de los años se me han ido borrando -o tal vez logran pasar desapercibidas porque hay cosas más importantes para hacer, que estar en la búsqueda de ‘brujas’ pecosas** -.

En fin… se enamoraron, se casaron, concibieron un hijo que salió mucho antes de lo esperado y tal vez ni siquiera alcanzaron a pensar un nombre para él –me enteré en un sueño que éste niño que nunca pudo ser, vendría con aquellos regalos del diablo que no cabían en el rostro de mi madre -, luego vino otro que salió justo a tiempo –y no pudo traer los besos, aquellos, porque tiene un gran parecido con mi padre y supongo que sólo eran para los que veníamos con piel más clara-, y después llegué yo –que, como el primero, salí antes de tiempo, pero sí pude ser, y traje las pecas que el primero abandonó y que al segundo le fueron negadas-.

Siempre fui una niña mecatera, amante de lo dulce y lo helado, hasta un día –que no recuerdo-, cuando conocí el mayor placer*** que se siente principalmente en el gusto, luego en el olfato, después en la vista, seguido del tacto y los oídos –como última medida, pero muy importante también, porque permiten entrar en un mundo pausado y silencioso donde sólo hay que centrar la energía en lo que se está disfrutando-. Supongo que todavía no podía hablar y me enteré que lo llamaban chocolate, y si sí hablaba, entonces no me atreví a decir nada inmediatamente porque cuando algo es tan delicioso, primero se goza en silencio y luego se elogia.

No recuerdo como fue mi experiencia con este nuevo amor que entró a mi vida inesperadamente, pero sé que después, cuando tuve mis primeros ‘dineritos’, una cliente indirecta –que era yo-, pasó a ser una cliente fiel. Recuerdo cómo clandestinamente iba a la cocina de mi casa y mientras todos dormían y tomaba porciones discretas de chocolate –siendo consciente de que si me lo comía todo, seguramente lo iban a esconder-.

Un día llegó una tía –la de las almohadas de plumas de pato-, de un viaje por Europa. Seguramente trajo obsequios y juguetes, pero lo único que recuerdo eran las cajas de chocolates suizos que administró durante varias reuniones familiares, y para mi fortuna, me delegó la tarea de repartirlos entre todos. Fue cuando me di cuenta que los chocolates que habitualmente consumía, no podían compararse con lo que ella había traído. Fue lo mejor que pasó por mi boca pero también me trajo la tristeza de saber que faltaba mucho tiempo antes de volver a probar de esos manjares.

Años después, con ‘la globalización’, llegaron los chocolates suizos a los almacenes de cadena. Según me contaron después, muy costosos –comparados con los precios de venta en Europa-, y aunque poca importancia le di a los precios, supe que ese sabor de chocolate suizo, lo recordaba de manera diferente.

Pasó mucho tiempo antes de volver a pagar más de $ 10.000 pesos por uno de esos chocolates, y fue el día que regresó “la reina adicta al chocolate” –como se hizo llamar-, una amiga que vivió un año en Alemania y compartió conmigo, bolsas llenas de chocolates que traía en su maleta. Fue, entonces, cuando me di cuenta que los ‘chocolates suizos’ de acá, no eran de allá. Los memorables recuerdos de mi infancia, distorsionados por -tal vez- un ingrediente o un viaje menos largo, volvieron.

Por la ocasión de los verdaderos chocolates en mi boca, describí su sabor en muchas hojas. A veces sentía que me quedaba corta de palabras, pero al final logré un pequeño documento que me ayudaría a recordar el sabor de un verdadero chocolate, y así, el día que comprara uno suizo que no fuera suizo, tendría la oportunidad de no olvidar su verdadero sabor. Pero el plan falló, cuando me pasé de casa y el documento se perdió.

Fue muy triste aquella pérdida y por eso mi alegría, el día que llegó un joven apuesto con regalos de suiza. Regalos con sabor a infancia. Podría volver a escribir el manuscrito de aquella vez; pero el plan falló. No pude evitarlo. Fui débil. No aguanté y me los comí sin interrupción alguna, sin detenerme a teclear una sola palabra. El placer se acabó, el olor aun permanece en algún lugar de mi almohada, y me queda el aprendizaje de… No, no me queda ningún aprendizaje, sólo una alegría que ya se fue, y para la próxima, tal vez me detenga un poco a pensar y a escribir.


*Besos del demonio: las pecas, anteriormente, se consideraban una marca que el demonio dejaba en las brujas al cerrar un pacto con él.

**A comienzos de la Época Moderna se implementaron varias pruebas en las cacerías de brujas, para identificarlas fácilmente, una de ellas era pinchar con una aguja, las pecas, manchas o verrugas en la piel de las acusadas y al ver que no había dolor o sangrado, las declaraban brujas. Algunas de las agujas estaban diseñadas para engañar a las víctimas: cuando se presionaban contra la piel, éstas se metían dentro del mango de la aguja, sin causar dolor, y la mujer acusada profería gritos de dolor-aunque no lo sintiera- por miedo a ser considerada bruja.

***No quiero que por lo escrito anteriormente, la música se enoje conmigo: tú sabes, querida, que te amo desde siempre y eres mi consentida. El más grande de los placeres.


Por: Paula Andrea Gómez Saldarriaga

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