domingo, 30 de diciembre de 2012

El único momento que apreciaba, era justo ese instante entre la vida y la muerte, lo despierto y lo onírico. Precisamente ese instante en que sus sueños volubles eran manipulables por sus pensamientos.

domingo, 24 de junio de 2012

Para un vivo


Querido ser:

Le cuento que es más fácil hablar con los muertos que con usted. Aunque vivimos en el mismo mundo –incluso misma ciudad-. Me resulta más fácil contarle a los muertos todo lo que usted no ha podido escuchar.

Anoche soñé con usted mientras moría en el hospital. Un día me contaste sobre las propiedades de la anestesia y como siempre he sido un poco curiosa, la quise probar. Solo para saber, aunque fuera por un ratico, lo que se sentía sentir nada.

Primero, me puse nerviosa porque la anestesia no sería aplicada en el corazón, pero era ese el órgano que me tenían que sacar.  ¿Y si me despierto con otro corazón? Ya no volvería a tenerte en  él.

Segundo, me puse ansiosa porque se acercaba el momento de la cirugía y ahora me debatía entre dos: me dejaba sacar el corazón para perderte de él por siempre, o no me lo dejaba sacar y explotaría causándome una especie de peritonitis  que probablemente me conduciría a la muerte.

“¡Dejen que se explote!”, grité aferrándome a la bata de cirugía que me hacía sentir expuesta y desgraciada.

“Lo siento niña pero ya firmó los papeles de autorización y estamos listos para proceder”, dijo el anestesiólogo acostumbrado a gente desesperada que se arrepiente a última hora.

“¿Y si me lo filtran y ya?”, pregunté. “Usted sabe: me mete una aguja con una jeringa y me saca toda la mierda que no haga falta en este corazón.”

“¿Quiere que se lo filtre sin anestesia? ¡Está loca!”,  dijo acercándome una máscara a la boca.

“¿Si le digo que sí estoy loca, me lo filtra?”, pregunté y él simplemente sonrió.

“¿Qué se supone significa esa sonrisa?, ¿si me lo va a filtrar?, ¿filtrar qué?, ¿cómo que qué?,  ¿qué de qué?...

“Ahí va la segunda de Propofol

“¿Propofol?, ¿quién será el autorizado para ponerle nombre a las cosas? Paladar,  serpentina, anestesia, ornitorri… Mi corazón!!! Mi corazón!!! Me van a sacar el corazón.

Fue cuando supe que te perdía para siempre y decidí pensar en tu nombre todo lo que el efecto de la anestesia me lo permitiera, para que al menos te quedaras un poquito en mi cabeza.

“¿Uno sueña cuando está anestesiado? ¿estoy viva y hablando o estoy soñando? ¿qué pasa con todos los líquidos que le meten a uno por las venas? ¿eso se orina o las venas se engordan? ¡qué me diga si estoy viva!”

Luego desperté temblando y sonriendo un poquito. ¿Qué como me acuerdo de todo lo ocurrido?. Pues la verdad no me acuerdo de todo. Cuando se eliminó toda la anestesia que quedaba en mi cuerpo, el cirujano vino y me dijo: “No le pude filtrar el corazón porque si lo pinchaba se iba a estallar, pero lo tengo en un congelador. Había algo en él que usted quería conservar. ¿Quiere que se lo entregue en un frasco o lo va donar para que los estudiantes de la clínica universitaria lo estudien?”.

Analicé y en pocos segundos dije “se lo cambio por algún cerebro enfrascado y ya estudiado que tenga por ahí”. Después de todo, el nuevo corazón todavía no tenía la confianza para decirle qué hacer a mi cerebro.

Paula Andrea Gómez Saldarriaga

lunes, 5 de marzo de 2012

Desde un puente

-¿Tenés miedo?
Me preguntó mientras entrelazábamos las manos.
El miedo era lo único que desconocía en ese momento. De pronto todo en mi cabeza se había despejado y era como si la lucidez se abriera paso dentro de mi, aunque no sabía lo ciega que había sido.
Estando allí, de pie sobre el borde del puente suicida, el cielo que se veía a través de sus ojos cobraba un tono rojizo; el sol huía de la luna y las primeras gotas de lluvia resbalaban sobre nuestras manos venosas.
Tres minutos más habían bastado para que la luna se hiciera soberana del cielo, y otros tres, para conocer el terror que sentía en la alturas.
Él temblaba de pánico a caer sobre los carros que transitaban a 80 kilómetros por hora, y yo por temor a que ese momento terminara.
Las mariposas que se mataban unas a otras dentro de mi estómago, no me daban un sólo segundo para tomar un respiro que me diera paso a terminar un suspiro incompleto.

Por: Paula Andrea Gómez Saldarriaga