Querido ser:
Le cuento que es más fácil hablar con los muertos que con usted. Aunque vivimos en el mismo mundo –incluso misma ciudad-. Me resulta más fácil contarle a los muertos todo lo que usted no ha podido escuchar.
Anoche soñé con usted mientras moría en el hospital. Un día me contaste sobre las propiedades de la anestesia y como siempre he sido un poco curiosa, la quise probar. Solo para saber, aunque fuera por un ratico, lo que se sentía sentir nada.
Primero, me puse nerviosa porque la anestesia no sería
aplicada en el corazón, pero era ese el órgano que me tenían que sacar. ¿Y si me despierto con otro corazón? Ya no
volvería a tenerte en él.
Segundo, me puse ansiosa porque se acercaba el momento de la
cirugía y ahora me debatía entre dos: me dejaba sacar el corazón para perderte
de él por siempre, o no me lo dejaba sacar y explotaría causándome una especie
de peritonitis que probablemente me
conduciría a la muerte.
“¡Dejen que se explote!”, grité aferrándome a la bata de cirugía
que me hacía sentir expuesta y desgraciada.
“Lo siento niña pero ya firmó los papeles de autorización y estamos
listos para proceder”, dijo el anestesiólogo acostumbrado a gente desesperada
que se arrepiente a última hora.
“¿Y si me lo filtran y ya?”, pregunté. “Usted sabe: me mete
una aguja con una jeringa y me saca toda la mierda que no haga falta en este
corazón.”
“¿Quiere que se lo filtre sin anestesia? ¡Está loca!”, dijo acercándome una máscara a la boca.
“¿Si le digo que sí estoy loca, me lo filtra?”, pregunté y
él simplemente sonrió.
“¿Qué se supone significa esa sonrisa?, ¿si me lo va a
filtrar?, ¿filtrar qué?, ¿cómo que qué?,
¿qué de qué?...
“Ahí va la segunda de Propofol”
“¿Propofol?, ¿quién será el autorizado para ponerle
nombre a las cosas? Paladar, serpentina,
anestesia, ornitorri… Mi corazón!!! Mi corazón!!! Me van a sacar el corazón.
Fue cuando supe que te perdía para siempre y decidí pensar
en tu nombre todo lo que el efecto de la anestesia me lo permitiera, para que al menos
te quedaras un poquito en mi cabeza.
“¿Uno sueña cuando está anestesiado? ¿estoy viva y hablando
o estoy soñando? ¿qué pasa con todos los líquidos que le meten a uno por las
venas? ¿eso se orina o las venas se engordan? ¡qué me diga si estoy viva!”
Luego desperté temblando y sonriendo un poquito. ¿Qué como
me acuerdo de todo lo ocurrido?. Pues la verdad no me acuerdo de todo. Cuando
se eliminó toda la anestesia que quedaba en mi cuerpo, el cirujano vino y me
dijo: “No le pude filtrar el corazón porque si lo pinchaba se iba a estallar,
pero lo tengo en un congelador. Había algo en él que usted quería conservar.
¿Quiere que se lo entregue en un frasco o lo va donar para que los estudiantes
de la clínica universitaria lo estudien?”.
Analicé y en pocos segundos dije “se lo cambio por algún
cerebro enfrascado y ya estudiado que tenga por ahí”. Después de todo, el nuevo
corazón todavía no tenía la confianza para decirle qué hacer a mi cerebro.
Paula Andrea Gómez Saldarriaga

¡mágica!
ResponderEliminar:)